Del texto “Lo siniestro” de S. Freud (1919)

Del texto “Lo siniestro” de S. Freud (1919)

4 Diciembre, 2017
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  Del texto “Lo siniestro” de S. Freud (1919)

Referencia presentada en el Seminario del Campo Freudiano de Barcelona en enero de 2007

  1. Àngela Gallofré

Resumen

A Freud le interesa, en este texto, investigar la proximidad de la angustia con lo siniestro, analizando los cuentos de Hoffman, “El Arenero” y “Los elixires del diablo” para discernir, en lo angustioso, lo siniestro. El carácter de lo siniestro es bien distinto en los dos cuentos; mientras que, en el primero, lo siniestro remite al complejo de castración infantil; en el segundo, se trata de un constante retorno de lo semejante. En ambos casos, Freud interpreta lo siniestro desde la pérdida. Lacan, sin embargo, lo vincula a la presencia.

Freud nos presenta su investigación sobre lo Unheimlich, lo siniestro, como formando parte de uno de los dominios poco estudiados, tanto por estética como por el psicoanálisis, y se interesa por este tema debido a su proximidad, casi coincidencia con lo angustiante. Dice: “En suma: quisiéramos saber cuál es ese núcleo, ese sentido esencial y propio que permite discernir, en lo angustioso, algo que además es «siniestro».

Seguirá, en la exposición del trabajo, el sentido inverso a la recogida de los datos, es decir, primero recogió los datos de una serie de casos particulares y halló después una confirmación en los giros del lenguaje. Seguiré este camino y me centraré en los dos relatos de E.T.A. Hoffmann.

Del relato de “El arenero” y “Los elixires del diablo”, de Hoffman:

Creo que ambos relatos tienen el mismo punto de partida: la historia oscura de los hechos del padre de cada uno de los protagonistas, Nataniel en el primero y Francisco (padre Medardo) en el segundo, que hará imposible la realización de las aspiraciones y los deseos de ambos.

En el cuento de “El arenero”

La amenaza escuchada por el niño de la posibilidad de perder los ojos, que le arrancaría el arenero si no iba a dormir, la escena en la que cree ver a ese siniestro personaje con su padre. Luego, la casi realización de la amenaza que le sume en la enfermedad, seguida de la extraña muerte del padre, dejan en el niño una fijación cuya reminiscencia, a pesar de llegar a ser un joven feliz, no logra alejar de su ánimo. Reminiscencia que aparecerá siempre ante algo relacionado con los ojos y el mirar, como ante la mujer de la que se enamora, Olimpia, de la que acaba descubriendo que se trata de una muñeca; o ante la presencia del siniestro personaje bajo distintas modalidades, el joven Nataniel será poseído por una demencia que le llevará a dos intentos de asesinato, el primero del que cree padre de la muñeca y el segundo, de su novia de siempre.

El cuento finaliza con el protagonista tirándose desde la torre desde donde ve por última vez al siniestro personaje, acabando así con sus ojos y su vida.

En el relato de “Los elixires del diablo”

El relato empieza con el recuerdo del protagonista sobre su padre, al que no conoció y que refiere a lo contado por la madre: “… que mi padre, atraído por Satanás, se convirtió en criminal, ya que cometió un asesinato que trató de expiar en una peregrinación, dirigiéndose al Santo Tilo, allá en la lejana y fría Prusia. (…) Así, murió habiendo expiado su pecado, y lleno de consuelo, en el mismo instante en que yo nacía. (…) Todo cuanto mi madre me contaba referente al prodigioso monasterio, donde su profundo dolor halló alivio, quedó tan grabado en mi mente, que parecía como si yo lo hubiese visto y hasta lo hubiese vivido, aunque es imposible que mis recuerdos fueran tan lejanos, ya que mi madre abandonó aquel sagrado sitio medio año después.

También evoca el recuerdo, en este primer medio año de su vida, de:

(…) el pintor forastero que apareció antaño, cuando se estaba construyendo la iglesia, y que, sin que nadie entendiese su idioma se puso a pintarla con mano hábil y ligera, dejándola maravillosa en poco tiempo, para desparecer cuando la hubo acabado.

(…) un viejo y extraño peregrino con larga barba gris…el anciano traía consigo a un niño hermosísimo que tenía mi edad. Nos sentábamos en la hierba acariciándonos y besándonos. Yo le regalaba todas mis piedrecitas de colores y él, entonces, trazaba muy ordenadamente toda clase de figuras en el suelo; aunque, al final, siempre terminaba haciendo el signo de la cruz. Mi madre permanecía sentada cerca de nosotros, en un banco de piedra; y el viejo, detrás de ella, contemplaba nuestros juegos en actitud dulce y seria.

(…) el viejo peregrino dijo a mi madre: “Hoy os he traído a un niño maravilloso para que encendiese la chispa del amor en vuestro hijo, pero ahora voy a llevármelo de nuevo y ya no lo volverás a ver, ni tampoco a mí. Vuestro hijo es muy inteligente, pero los pecados de su padre hierven y fermentan en su sangre. Tiene que ejercitarse en la fe, Dejadle que sea religioso”.

Y así fue, tomó los hábitos, pero no por fe sino por huir del deseo que en él despertó una joven, seguido esto por el afán de notoriedad que plasmaba en sus prédicas y a las cuales abundante público asistía. Un día creyó ver entre los asistentes la figura del extraño pintor de San Tilo cuya mirada penetró en él como un puñal, viendo en su frente fruncida y sus labios contraídos burla amarga y odio despectivo y preso de una loca desesperación y de un miedo infernal, gritó: “¡Ah condenado, vete de aquí! ¡Yo soy San Antonio en persona!” cayendo a continuación en estado inconsciente.

A partir de este extraña visión y sus consecuencias el protagonista será “atraído por Satanás” y tomará, en diversas ocasiones “el elixir del diablo” (que en el convento guardaban junto a otras reliquias de San Antonio) y emprenderá una laberíntica carrera, fuera del convento (en el mundo), de suplantaciones de personalidad, de crímenes y castigos de los que se salvará por los pelos, pues otro será el que en su lugar sea acusado y condenado.

Se irán así repitiendo una serie de situaciones donde el protagonista se verá salvado y a la vez perseguido, ya sea por la presencia del fantasma de su doble, por la presencia del extraño pintor que vendrá a desbaratar sus planes o por la justicia a la que intentará burlar con engaños y transformaciones.

Todas las situaciones irán acompañadas de lo que para el protagonista es la fuente de su mayor felicidad y su mayor desgracia, la mujer a la que quiere poseer y todas las dificultades que eso le acarrea, pues cuando le es accesible, algo perturba su deseo, haciéndole caer preso de una loca desesperación.

El relato termina con la última tentación de Satanás que sufrirá el protagonista, cuando la mujer deseada tome los hábitos y de nuevo la loca desesperación, la excitación de los instintos lo atenacen. A punto de cometer la locura de llevarse a la mujer y poseerla, será el doble quien apareciendo de entre la multitud clave un puñal en el corazón de la mujer gritando: “¡Viva… viva… viva! Ya tengo a mi novia, he ganado la Princesa…“.

Desapareciendo el doble para siempre y reconociendo el protagonista que, como un cobarde, había sido incapaz de rechazar a Satanás empeñado en que la estirpe maldita prosperara cada vez más, volvió a la fila de los hermanos del monasterio, imponiendo el Prior un ejercicio de penitencia: “Tienes que escribir la historia de tu vida con toda precisión. No debes omitir ningún hecho notable, ni siquiera los más insignificantes, sobre todo, aquello que te sucediera en el abigarrado mundo. La fantasía te hará realmente volver a ese mundo, y de nuevo sentirás todo lo espantoso, lo ridículo, lo siniestro y lo cómico…“.

El análisis que Freud hará de los dos relatos de Hoffmann:

En el cuento de “El arenero” dirá que se atreve a referir el carácter siniestro del arenero al complejo de castración infantil. Es decir que el núcleo de la angustia, lo siniestro, sería lo que se manifiesta en sueños, fantasías, mitos y que se encuentra en el análisis de los neuróticos: la amenaza de perder el órgano, en el caso del cuento la pérdida de los ojos, que dirá Freud puede ser la sustitución del órgano sexual.

Así los elementos del cuento que parecen arbitrarios y carentes de sentido, dejan de serlo si se vincula el temor por los ojos con la castración y si en lugar del arenero se coloca al temido padre, a quien se atribuye el propósito de dicha castración.

Pero, creo que en “Los elixires del diablo” Freud se encuentra con otro carácter de lo siniestro que va más allá de la amenaza de castración y que relacionará más bien con el constante retorno de lo semejante, con la repetición de los mismos rasgos faciales, caracteres, destinos, actos criminales, aun de los mismos nombres en varias generaciones sucesivas.

Podemos decir que se trata de dos retornos: del retorno del semejante, vinculado al tema del doble y del retorno de lo semejante vinculado al tema de la repetición involuntaria.

El tema del doble lo vinculará a tres posibles fuentes de la vida anímica infantil, como serán:

  1. Lo que en un principio fue una medida de seguridad contra la destrucción del yo, vinculado con el narcisismo primitivo, que cambia “el signo algebraico” del doble una vez superada esta etapa, pasando de ser un asegurador de la supervivencia a un siniestro mensajero de la muerte.
  2. Una instancia particular que se opone al resto del yo, instancia autocrítica, que funciona como censura psíquica. Instancia, dirá, susceptible de tratar al resto del yo como si fuera un objeto, o sea, la posibilidad de que el hombre sea capaz de autoobservación.
  3. Por último, lo vinculará a los restos que dejan todas las posibilidades de nuestra existencia que no han hallado realización y que la imaginación no se resigna a abandonar.

De lo siniestro del retorno de lo semejante, dirá Freud que no puede más que mencionarlo pues está preparando un trabajo sobre ello, se refiere a “Más allá del principio del placer” y se limitará a señalar “que la actividad psíquica inconsciente está dominada por un automatismo o impulso de repetición (repetición compulsiva), inherente con toda probabilidad, a la esencia misma de los instintos, provisto del poderío suficiente para sobreponerse al principio del placer; un impulso que confiere a ciertas manifestaciones de la vida psíquica un carácter demoníaco, que aún se manifiesta con gran nitidez en las tendencias del niño pequeño, y que domina parte del curso que sigue el psicoanálisis del neurótico“.

Freud añadirá a los fenómenos de lo siniestro, hasta ahora presentados, el de la “omnipotencia del pensamiento”, es decir, lo que se dice (verbalmente o con la mirada) se cumple, habiendo pasado todos, en nuestro desarrollo, por una fase “animista” que ha dejado restos y trazas capaces de manifestarse en cualquier momento. Estos restos se nos aparecen como lo siniestro.

En este punto cree oportuno Freud dos formulaciones que para él condensan lo esencial de este estudio sobre lo siniestro, condicionado a que la teoría analítica tenga razón en lo que viene afirmando:

  1. la primera teoría de la angustia, en la que nos dice que cualquier impulso emocional es convertido por la represión en angustia, pero que hay que reconocer en lo angustioso aquello que de lo reprimido retorna, siendo lo siniestro esta forma de angustia.
  2. Que si es cierta la afirmación anterior y por tanto esta es la esencia de lo siniestro, ella nos ayuda a comprender por qué en el lenguaje corriente se puede pasar de lo familiar (Heimlich) a lo siniestro (Unheimlich)
    1. porque lo siniestro no es lo desconocido, ni lo desconocido tiene porque ser irremediablemente siniestro.
    2. porque en alemán no son dos vocablos radicalmente opuestos, pues Heimlich tiene dos acepciones, la de lo familiar, hogareño, cómodo e íntimo y la de lo secreto, oculto, disimulado y misterioso. Por tanto lo Unheimlich, lo inquietante, siniestro y atroz, que podría ser lo contrario de la primera acepción de lo Heimlich no lo es de la segunda acepción.
    3. porque si es cierta la teoría de que la esencia de lo siniestro es el retorno de lo reprimido, se puede llamar a lo que retorna “lo extrañablemente familiar”. La condición de lo siniestro, lo Unheimlich, es que haya sido familiar, Heimlich.

Freud dirá: “Y este vínculo con la represión nos ilumina ahora la definición de Schelling, según la cual lo siniestro sería algo que, debiendo quedar oculto, se ha manifestado.

Vuelvo ahora al cuento y al relato de Hoffmann y creo que en los dos vemos dos vertientes de lo siniestro, una que está relacionada con la pérdida (de los ojos, de la vida, del amor…) y otra que está relacionada con la presencia en ambos casos, ya sean las réplicas del arenero, el doble, el extraño pintor… o de una “siniestra” excitación que les lleva la mayor parte de las veces a pasajes al acto. Digo esto porque Freud persistirá o no se podrá despegar de lo siniestro ligado a las pérdidas; Lacan, por el contrario, vinculará lo siniestro a la presencia.

Texto extractado del Master en psicoanálisis.

INUPSI

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